Opinión: Navegando entre DEA, OEA y SOS por José Zambrano

Han filmado una suntuosa película con la aprehensión del sobrino y el ahijado de la pareja presidencial. Esta historia cuenta con extravagantes narcos portando pasaportes diplomáticos, aviones de lujo, yates y hasta agentes encubiertos. Quizá extrajeron sin mesura un polvoriento capítulo de la serie “Miami Vice” o la realidad nacional sobrepasa la capacidad creativa del más suspicaz guionista.

Los sendos aprendices de narcotraficantes, con la cara lavada del abuso, se aprestaron a pasar su mercancía en la desprovista isla de Haití, haciendo semejante transacción nada más y nada menos que con los estupendos negociadores de la DEA, quienes les efectuaron un pormenorizado seguimiento a sus fechorías, dando al traste con el acto delictivo y el posible suculento botín.

Pero los dos jóvenes, Efraín Antonio Campos Flores (ahijado de Maduro) y Francisco Flores de Freites (sobrino de Cilia), deberán vivir los próximos años tras los barrotes de la justicia norteamericana, más allá de las acusaciones por narcotráfico y sucumbir por su ingenuidad al venderle 800 kilos de cocaína a agentes encubiertos de la Agencia Antidroga de Estados Unidos, por lograr efectuar un acto de burla al pueblo venezolano e irrumpir con descaro en el fango de su irreprimible deseos de codicia.

Cualquier variedad de versiones saltaron en las primeras noticias. Se decía que pensaban camuflar la droga en latas de atún para su envío a EEUU. Que si eran hijos, sobrinos, ahijados y qué cantidad de apelativos para estos sujetos irreverentes de las leyes, a quienes podría apuntársele una acusación adicional a su libreta de trastadas y acciones punibles, como es la de ser unos atolondrados ingenuos.

Ahora los personeros del gobierno tienen los alegatos patas arriba. No saben si callar, calificar como falsa la premisa o esconderse de las desaforadas dudas del descaro familiar. Suena burlesco señalar que estos sujetos se tomaran el atrevimiento de vender latas de atún al estremecedor sobreprecio de los estupefacientes.

Mientras estos personajes acaparaban sus laticas de atún blanco y se presentaban como bachaqueros de la alta alcurnia del narcotráfico, el secretario general de la OEA, Luis Almagro, despotricaba de la posición de Venezuela por no contar con calificados observadores internacionales para los comicios parlamentarios de diciembre, comunicando su desconcierto en una carta que le dio la vuelta al mundo en pocas horas.

La abultada misiva contentiva de 18 páginas dirigidas a la presidenta del CNE, Tibisay Lucena, magullaba con certeza la posición de la representante electoral, por su negativa a contar con estos observadores para el monitoreo y velatorio de un proceso correcto, además de dejar en duda la libertad de expresión en nuestra nación.

Por fin se revitaliza este organismo internacional, ante el acostumbrado mutis que dejaba al garete cualquier acto trascendental o hecho acaecido en el país. Almagro no tuvo reparos para apuntalar una opinión contundente, instando a brindar las garantías para que las dificultades y los problemas puedan superarse y soltó una frase clara sobre el venidero proceso electoral: “frente a la más mínima duda sobre el funcionamiento de la democracia, nuestro deber, el suyo Señora Lucena y el mío, es dar garantías para todos y no desviar la vista ni hacer oídos sordos a la realidad que tenemos frente a nosotros".

Ahora tenemos el despliegue de la DEA y la OEA se sumó al SOS. Estos dos hechos de la semana pasada sirven de peculiar preludio a lo que será una diminuta campaña electoral, colocando en entredicho la diafanidad de un gobierno envuelto por fantasmas impasibles del desconcierto y si las instituciones se calan la cachucha de la democracia a su conveniencia. La ruleta gira y la apuesta debe dirigirse hacia un cambio sin precedentes este 6 de diciembre.

 

MgS. José Luis Zambrano Padauy

zambranopadauy@hotmail.com

@Joseluis5571