Opinión: El “Call of Duty” de la guerra económica por José Zambrano

Ya las horas pesan después de estar sumergido en el sempiterno videojuego bélico llamado “Call of Duty”, cuyas entregas han saturado de balas, empellones y refriegas agresivas a los más asiduos de este tipo de género.

Bajo camuflajes en selva agreste o sorteando vericuetos de escarpados en una sarta de escenarios, año tras años los realizadores de estos videojuegos entregan una fórmula que parece ya desgastada. Pero hoy Venezuela pudiese inspirar y catapultar una historia nueva, casi surrealista, con personajes dignos de enconos y soporíferos hechos noticiosos que no cabrían ni en la cabeza de los más ingeniosos creadores de estas fabuladas vivencias de echar plomo en una pantalla.

Perfecto escenario para iniciar la acometida de jugar sin freno, con presos políticos, burlescos subterfugios de los jerarcas gubernamentales y una población apabullada para conseguir alimento.

Me digno a sentarme a jugar esta cruenta e imaginaria comparativa de la realidad de un videojuego, con las desavenencias cotidianas de mi amado país. Soy un soldado que mantiene su arsenal repleto en ideas e intenciones concretas. Pese a poderse escapar la bala del desconcierto, la batalla apenas comienza. El propósito es repeler el ataque demagógico de escaramuzas, referidas al show guyanés, las bufonadas irresponsabilidades en la frontera o subir el salario mínimo en el tiempo más inapropiado, que no han fortalecido a la trinchera enemiga.

El batallón está repleto de intenciones reformadoras. El disparo certero se realizará con el índice en el blanco de un tarjetón, que modificará todos los vértices nacionales, para levantar a un país de las ruinas.

Los fusiles están prestos, pero para flamear paz, justicia y bienaventuranza. Basta de ver desplomarse muertos, para coleccionar desdichas. La idea es irrumpir con la posibilidad de una nación progresista, apañada de valores y no de envidias perturbadoras. Los estrategas tienen su mapa de batalla bien trazado. Los flancos están reguarnecidos con la propia sazón del interés colectivo.

Antes los escuadrones de los dos bandos eran parejos en números y combatientes. Hoy un descontento masivo por subidas constantes de precios, inapropiadas colas, inseguridad extrema y una pésima calidad de vida, han permitido que el bando azul posea más soldados de la verdad, que en el rojo de la ingenuidad, pues permanecen alistados con la gualdrapa de la equidad y con sueños perfumados con el bien de las mayorías.

Será una batalla asistida con la funda cerrada, pero con el corazón franco hacia una nueva alborada. No más derramamiento de sangre. Esta guerra se gana con alegatos; con la furia amatoria de un país lleno de riqueza, pero ahogado con la inmundicia de los engaños, abaratados en discursos que sólo buscan el empobrecimiento de una nación.

No hace falta estar asido a un control de un ficticio “Call of Brutis”, para entender que vivimos en un país en guerra. No esa idiotizante excusa de una “guerra económica”, sostenida por supuestos empresarios que, tras expropiaciones, han emigrado a otros países a invertir sus recursos, sino con el entendimiento claro que el socialismo sólo hunde cada día a una Venezuela que, desde sus ancestros, posee todas las virtudes para prosperar.